LOS SONIDOS DEL ESPACIO LIBRE

Ajeno  al resto del mundo, y desgraciadamente en escasas ocasiones, me sumerjo de lleno en un espacio hipnótico de libertad indómita, que atraviesa mi cuerpo cercenando todo rasgo de cordura a su paso, y me hace  extraño de este mundo,  tan viejo conocido.

A veces, los sonidos de este espacio libre se producen aferrado al manillar de mi moto, devorando algunos kilómetros sin ninguna esperanza de meta en mi mente. Solo el aire que se cruza salvaje en mi camino, me recuerda por segundos el lugar que ocupo. El resto de las cosas que me rodean, resulta ahora indiferente. Apenas escucho el sonido del motor, pues son otros sentidos los que están atentos. Y así, se produce un silencio al que el cuerpo no está acostumbrado. Y todo resulta sorpresivamente extraño.

Creo que la mente, poco acostumbrada a esta clase de ejercicios, se estremece confusa, y es capaz entonces de dejar al descubierto toda clase de espacios vacíos sin conquista alguna.

Sin meta, sin destinos, sin sonidos, sin prisa por volver, sin ira, sin preguntas, y sobre todo, sin recuerdos, aprovecho entonces el momento para sumirme en una profunda y agradable sensación que me transporta a otra vida distinta, a otra forma de ver las cosas, y seguramente aún sin pensarlo, a otras coordenadas vitales.

Estos sonidos del espacio libre son breves, intensos, y gratamente sanadores. Son propios de la inquietud del alma, de la intensa necesidad de curación del espíritu humano. Son fruto de la inquietud salvaje, del ingenio cósmico y a veces, de la casualidad del momento.

Su fuerza curativa es siempre necesaria, y nos proporcionan una nueva esperanza para este mundo.

Siempre cuesta volver a la otra  realidad, esa que nos enloquece de costumbre, pues por unos segundos nuestra verdadera consciencia aparece para mecernos en un suave experimento crucial.

Vista la vida tras unos barrotes que tendemos a olvidar, no puedo menos de agachar la cabeza taciturno, pues enseguida pesa sobre mis hombros una creciente reflexión vital sobre el tiempo y su ritmo.

En fin. Creer en ese placebo vital de la libertad, y disfrutar plenamente de su persistente intento de ocupar algún trocito de nuestra vida.

Puede que a veces os acompañe la suerte.

Un abrazo.

Toño Molero.

2015

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