ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA

Atrapados entre el cielo y la tierra, y en algunos lugares particulares se perpetran espacios que se acomodan al alma, y estremecen los cuerpos a través de los sentidos exquisitos, quizás jugando con las energías internas de nuestro ser, quizás inventando sensaciones reveladoras que amorticen nuestra existencia, o acaso solamente presentes y ajenas al tiempo que acomete su ritmo imparable.

Uno de mis rincones esenciales se muestra siempre parecido en mi mente. Siempre se compone de aguas cristalinas, ruidosas, controladas por años de erosión invasiva, atrapadas por una bella arquitectura natural sin firma alguna.

De fondo, llenándolo todo, una luz rayada, controlada y mesurada, de teatro taciturno, que ambienta cada escena con maestría innata.

Un filtro verde colorea plácidamente el angular que imaginan mis ojos, y sube un punto de contraste los tonos naturales que predominan la zona.

Los huecos restantes son de madera y piedra. Madera vieja y firme, y siempre camuflada al amparo del espectro luminoso. Madera misteriosa, tocada por los elementos minuciosos de cada estación, y en eterna expansión. Roca resbaladiza, quebrada, arrojada con fuerza al vacío y más móvil de lo que interpretan los ojos del visitante. Roca rígida, y a la vez flexible por la fuerza del tiempo que ataca sin piedad.

Y de fondo un rugido constante, perpetuo, de un mantra perfecto. afrodisiaco y místico. Una banda sonora distraída y certera que amplía la percepción sensorial del momento.

Allí, entre el cielo y la tierra se entrelazan mis sentidos en una explosión creciente que estremece, y se crea la costumbre de olvidar, de respirar tranquilos, de intentar ser una parte más de todo este conjunto.

En los días en que mi alma se resiente, intento recordar, y con suerte, poblar como un indígena alguno de estos rincones sanadores, sabedor de su potencia curativa, donde todo parece lo que es, y donde se recoge fácilmente el espíritu inquieto que no pierde esta costumbre.

Recomiendo esta enmienda mental como ejercicio diario de placebo certero. Y al cobijo de las últimas luces de día podremos mantener algo de fe en eterna latencia.

Un abrazo.

Toño Molero

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