LOS RECUERDOS DEL ESPÍRITU

Sin demasiado esfuerzo, y a pesar de que mi cerebro mal entrenado no asimila adecuadamente las viñetas y ademanes del pasado ancestral, sí que existen unas historias certeras acampadas en algún rincón escondido de mi mente, y perviven ahí con una característica común de intensidad cósmica, y con una fuerza extravagante que tiende a la permanencia más absoluta, a pesar del pesado paso de los años.

Son lo que yo llamo “los recuerdos del espíritu”.

A veces son las gotas de lluvia conducidas por todo un entresijo de costanas, adobes y hojalatas, aleteando suavemente a un compás de cuatro por cuatro, y yo al cobijo del viejo portalón de madera raída, distraído sólo con mirar, y con ese aroma de tormenta que todo lo anega.

Otras veces son mis pisadas seguras, lentas de necesidad, en parajes donde pararse es lo peor, donde el aire se respira sin miedo, y donde uno sólo piensa en la meta final. Aquí no hay cobijo alguno, pero recuerdo  sentirme seguro por mi condición del momento, como si formara parte del entorno, como si el cansancio me hiciera mas parecido a la roca. Y de fondo apenas el ruido de mis pulmones buscando costumbre.

En las horas donde la noche comienza a reclamar su sitio  me acompañan los paseos en busca de Ángela, mi abuela,  y aquella emoción compartida del encuentro. Ella paseaba por parajes bien conocidos  por mí, aunque todo parecía una aventura constante. Siempre atento a cada rincón, a cada movimiento terrestre, a la magia del lugar. Eran tierras salvajes, peligrosas en mi mente, y nosotros vagábamos por ellas con total impunidad, pues éramos fieles conocedores de todo aquel enorme laberinto sensorial.

En los días donde nadie hablaba del cambio climático se asoma un territorio frágil y un tanto fugaz, pero tan intenso que era capaz de transformarlo todo a su alrededor. Un instante bajo una intensa capa de nieve, ajeno a cualquier circunstancia física. La mente en blanco  y la ilusión óptica de que aquél camino recorrido a diario, era ahora un completo desconocido, un enorme campo salvaje sin fin. Sin tiempo y sin lugar. Sin plan alguno.

Estos son algunos de esos recuerdos que quizás permanezcan no en nuestra mente, sino en nuestro espíritu. Si es así, puede que trasciendan con el paso de cualquier tiempo que venga por muy extenso que este sea, y solo así sentiré que puede que comprenda  un poquito más esta vida.

Un abrazo.

Toño Molero.

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